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CURIOSIDADES DEL PASADO DE PUENTE CASTRO
PUENTE CASTRO, NUESTRA HISTORIA ES REAL( Flory Fdez. Castro/2003)
PUENTE CASTRO (Yolanda Fdez. Fdez./ 2003)
(Pinchar imagen) ERAN
OTROS TIEMPOS (Flory Fdez. Castro/2004)
Las voces apagadas, de Manuel Vicente González. (escritor, nacido en Puente Castro)
LA PIEDRA DE EUGENIO
El hombre que me mira con descaro se apoya en dos muletas. La corpulencia que
exhibe no encubre su avanzada edad, pero me ayuda a identificarlo al instante:
es Justo, el burrero que salvó de morir ahogado a Anselmín junto
al campo de fútbol. En aquel lugar, mi madre, de rodillas al borde de
la corriente, restregaba la ropa mientras él y yo, un poco más
arriba, jugábamos a atraparnos alrededor de un chopo. Resbaló
Anselmín y cayó al fondo del pozo, y mi madre empezó a
gritar pidiendo auxilio. El agua transparente me permitía observar su
cuerpo debatiéndose en el fondo, sus manos arañándose la
cara con desesperación, y a la solicitud de socorro respondió
Justo desde la otra orilla del río, donde se encontraba cargando piedras
en los serones de los burros, y de cuatro brazadas llegó hasta donde
nos encontrábamos, se sumergió con decisión y rescató
a mi vecino de una muerte segura. Tenía fama en el pueblo la desmesura
de sus actos, la fuerza y el vigor que derrochaba sin esfuerzo aparente. Ahora
me mira con un gesto de cansancio que tal vez tenga algo que ver con las muletas
de las que se sirve para andar.
-Buenas, usted es Justo, ¿verdad?
-Sí, ¿y tú? –dice señalándome con una de
las muletas.
-Soy un antiguo vecino, y estoy recorriendo el pueblo por ver si queda algo
de lo que yo dejé.
Esto ya no es un pueblo –contesta a media voz, con un tono de desesperanza-:
es un barrio más de la capital.
-Ya veo, ya... ¿Qué le sucedió a usted? –pregunto señalándole
las piernas.
Desgaste de caderas, dicen que a causa de las burradas que hice durante mi juventud.
Tenías que haberme conocido...-murmura mientras echa para atrás
los hombros en un intento de engrandecer su encorvada estampa-. ¿Y dónde
dices que vivías?
En la Nevera, junto a la cárcava. Soy hijo de Manuel, el ferroviario.
Y le conozco a usted de sobra, pero hace muchos años que me fui de aquí.
Tenía yo entonces diecisiete.
Me mira fijamente mientras va negando con la cabeza, luego hace un gesto de
fastidio, acopla sus manos a las empuñaduras de las muletas y empieza
a desplazarse con pasitos cortos en dirección al puente. Yo me demoro
detrás de él y me recreo señalando mentalmente los lugares
desaparecidos para siempre: el bar Asturiano, los futbolines de Lorenzo, el
bar Caudal... Pasa junto a mí una mujer rubia, hermosa y altiva, cuya
mirada me ha dejado una ráfaga de recuerdos apenas definidos: el bar
de Eugenio engullido, según observo, por una agencia bancaria, y con
él la piedra de granito que había a la entrada, más brillante
a medida que pasaban los años y las posaderas de los jóvenes del
pueblo la pulían en los atardeceres ociosos. Los pequeños no calibrábamos
entonces el valor de la indolencia, el gusto por la holganza y la modorra que
practicaban quienes ocupaban aquel lugar privilegiado. Desde allí contemplábamos
el paso de los camiones que hacían la ruta de Valladolid o Madrid. Juan
el Pispajo, que ya había conducido alguna vez el camión de su
tío Gelito y conocía de sobra las características de cada
uno de los vehículos que cruzaban el puente, los seguía con la
vista, y cuando la cuesta del Portillo se empinaba y los motores comenzaban
a renquear, aguzaba el oído un momento y sentenciaba:
-Es un Pegaso. Mirad cómo hace el doble embrague.
Allí sentados, al calor de la piedra lustrosa, observábamos con
indolencia el paso cansino de las vacas hacia el río, o el más
sinuoso de las jóvenes del barrio desplazándose arriba y abajo
por la calle principal. Yo me escondía, avergonzado, cuando alguno de
los mayores piropeaba con descaro a alguna de ellas, aun cuando observaba de
reojo las piernas majestuosas de Luci, la manera insolente con que se dirigía,
la bolsa prendida en el hombro, hacia el río, un gesto en el que todos
veían una incitación a acompañarla a darse un baño.
Buena parte de la historia del arrabal ha quedado sepultada en los cimientos
de la entidad bancaria que exhibe con descaro sus relucientes cristaleras frente
al arranque del puente, está escrita en la superficie pulida utilizada
tal vez como relleno del subsuelo del edificio. Puede que dentro de cien años,
si las ansias de progreso no han colmado su ambición, las maquinas escavadoras
vuelvan a hurgar en este lado del río para construir nuevos edificios
o autovías, y alguien trate de buscar explicaciones al hallazgo de la
piedra de Eugenio, acaso la confundan con vestigios romanos o judíos,
y no sepan calibrar el auténtico valor testimonial que esconde la superficie
del granito desgastado.
Pedrín me saluda como si me conociera. Lleva acoplados a ambas orejas
unos auriculares exagerados, y en un lenguaje casi indescifrable se lamenta
de que Evaristo le haya pegado un sopapo. Como ha debido de ver en mi rostro
un gesto de ternura, me abraza y me besa, e inclina su cara deformada sobre
mi hombro para que yo pueda comprobar, a través del rastro amargo de
su sudor, las iniquidades que cometimos al amparo de su marginal existencia.
Pero es, seguramente, el que con mayor dignidad ha envejecido, el que conserva
la mirada más limpia, más esperanzada.
El puente que ahora cruzo marca la frontera que me separa de la realidad, y
salgo a ella lentamente, como de un sueño profundo y placentero. De pronto
me acucia el hambre, estoy cansado, y sólo añoro el calor de la
habitación del hotel. Dejo en manos de la noche el cuidado de las voces
apagadas y de las huellas perdidas. Las mismas estrellas de entonces fulgen
sin misterio, rutinarias, en esta oscuridad de brea, en esta extraña
quietud que no incita, como antaño, a la fantasía.
A mis pies, bajo el segundo arco, un río anónimo discurre en silencio.
Regreso al fin más pobre y vacío, pues nada me pertenece sino
lo perdido y olvidado; y de todo me libero, ahora que anochece también
en mi alma, salvo de la luz y el calor que deja en mi memoria el rescoldo de
la infancia.
(Extractos del libro FOLLETÍN DE EL PORVENIR DE LEÓN (Apuntes para la Historia de Puente Castro)
Ramón A. de la Braña ( año 1.901)
Si la curiosidad del viajero le lleva hasta Puente Castro, que dista de León kilómetro y medio, al sudeste y después de pasar la puente sobre el río Torío deja la carretera de Madrid a la derecha, (....)
Candamia: Son de oriente a poniente, las últimas estribaciones de la cordillera Astúrica- Pirenaíca que desciende sobre los llanos de León y margen izquierda del Torío: el nombrre con que dichas alturas se distinguen denuncia su procedencia latina. El sabio geógrafo Sr. Coello dice: < <La inscripción del monte Candamio o Candanedo, descubre una nueva comunicación entre León y Asturias>>
Puente Castro: extiéndese por la margen izquierda del Torío, y únicamente un grupo de media docena de casas se levanta sobre la otra orilla, a cuyos moradores proporciona útil aprovechamiento y recreo el agua de una abundante fuente, situada a corta distancia de otra de agua mineral, denominada Sublantina. Fué este sitio del Puente del Castro en el que primeramente estuvo su Iglesia Parroquial. El caserío de la margen izquierda del río hallase extendido, casi todo él entre la carretera moderna y el antiguo camino francés, mas comúnmente llamado de los Peregrinos, al que daba paso una puente de varios arcos que subsistió, aunque muy ruinosa, hasta el último tercio del siglo XVIII, a la que sustituyó la existente hoy, construida durante el reinado del invicto Carlos III.
Fuente Sublantina: Se descubrió a mediados del siglo XIX , cuyo manantial era de agua ferruginosa y temperatura de unos 16º, manantial completamente abandonado hoy y que las corrientes del Torío fué dejando oculto.
Partiendo de las últimas casas del arrabal, sube por la falda de las cuestas ya citadas de la Candamia. Puestos en este camino y a corta distancia de la Nevera, pequeño edificio destinado a depósito de hielo.
A la derecha del indicado terreno, y en dirección a La Mota, tropiézase con un pequeño edificio cuadrangular de piedra llamado La Nevera, por estar destinado de depósito de hielo.
Si se penetra en el pueblo por el lado contrario al anteriormente dicho, encuentráse una explanada entre sus mejores casas y el Torío, la cual sirve de plaza: en este sitio en el que la gente tiene sus bailes y los juegos de bolos, chapas y otras distracciones. También en el se celebran las corridas de roscas, cuando hay bodas de las clases artesana y labradora, porque es costumbre inmemorial acudan allí los novios, sus familiares y acompañantes a presenciar dicho espectáculo, así sean vecinos del puente del castro o de la próxima ciudad.
censo 1900
Puente Castro, arrabal de la ciudad de León
nº de casas vecinos varones hembras total
calle de Golpejar 9 11
calle de las Cuestas 8 11
" Portillo 20 23
" Corvillos 1 1
" Mansilla 31 38
Travesía de Mansilla 2 4
Calleja de las Tierras 2 2
Calle de Valencia 47 48
" Viñas 10 10
" Eras 22 22
Barrio de San Pedro 13 13
Calle de las Molinadas 2 1
TOTAL 170 184 300 329 629
Escuelas de niños y niñas
De niños............................ Numero de niños matriculados, 58- Asisten a la escuela , 50
Profesor: D. Victoriano Diez Sierra
De niñas........................... Número de niñas matriculadas, 80- Asisten a la escuela, 40
Profesora: Dª Manuela G. González
ALCALDE DE BARRIO O PEDÁNEO: D: Vicente Espinosa
EX- ALCALDES: D. Vicente Ordás-- D. Bartolomé González-- D. Isidro Espinosa-- D. Benito Gutiérrez-- D. Manuel iglesias--D. Jacinto Barrio Aller
Fiel de Fechos. D. Gregorio Ordás Aller